Periplo Ediciones

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LEER, ESCRIBIR, COCINAR Y COMER
Las 12
Por Flor Monfort

Un itinerario de recetas que acompañan una vida llena de sabores y palabras que llenan de sentido mucho más allá que un cúmulo de ingredientes.

Una infancia en Hurlingham, un exilio a Venezuela, el nacimiento de tres hijos y la pérdida de un embarazo, la entrada a una familia nueva y la salida, siempre a través de la cocina, constituyen la trama invisible que cose el último libro de Ana Pomar Sabores de la memoria. Historias con recetas (Periplo).

Pomar entra a las anécdotas sin anestesia, serpentea entre su niñez, testigo de ese particular mundo british que se armaba en su barrio de crianza entre ferias de ropa y “high teas” con la entrada a una familia (la de su marido) también amante de la cocina y todo el ritual que allí se entrevera cuando de alimentar, crecer, recordar, evolucionar y al fin, morir, se trata. Con los años marcando el pulso de una historia que se adivina en la ida de una familia a Carúpano, y el aporte que de esa tierra trae la autora de arepas (pancitos de harina de maíz), guiso de caraotas (porotos negros), carne desmechada y pabellón criollo (“la comida más típica y deliciosa de Venezuela”), Pomar cuenta historias breves pero suculentas y las remata con una receta representativa y tres sugerencias para acompañarla. Siempre certera en los climas para narrar, la pulsión de contar se trenza de maravillas con los aromas, colores y texturas que desbordan las páginas. Varios hits tremendos e imposibles de resistir, como la carbonada, el quiche Lorraine, el helado de coco y el madrasi curry son ventanitas a un mundo que no distingue tradiciones, sino que se para en ellas para contar la diversidad que cabe en toda una vida de oídos bien atentos y mucha pasión para el arte del encuentro.

Sobre la mezcla de literatura y cocina, dice Pomar que lo literario empezó con ella. “Me gustaba escribir algunas poesías de infancia que se perdieron, pero recuerdo que eran oscuras y que ni yo misma entendía por qué las palabras se mandaban solas y yo las dejaba. Me gustaba leer y me gustaba escribir. Pero nadie me aplaudía por eso y no tenía ningún mandato ni valoración adulta que me estimularan o me frenaran. Seguí la carrera de letras y ahí sí: la buena literatura… para qué escribir si estaban ellos.” Durante años sólo escribía cartas, que hacían llorar y reír a los destinatarios, pero sus amigas le decían que ella tenía que escribir en serio. Sobre la cocina y la comida también dice que empezaron con ella. “Mamá cocinaba mientras me contaba sus platos de infancia, la visita de la abuela Juana que hacía para nosotros los pasteles de hojaldre –y de quien ofrece una deliciosa receta de empanaditas de queso–. Las mesas enormes del verano con primos y tíos bajo los paraísos. Y después la alegría de mi familia propia y el deseo inconsciente de repetir para ellos la conjunción del encuentro en la mesa, el placer de la comida y el tiempo dedicado a contarnos el día”, dice Pomar. En esa aventura está el recuerdo de cuando casi se electrocuta su hermano Goyo, y cómo la vuelta a casa sin palabras reunió a todos en torno de la madre preparando quibebe (“el acto de cocinar me pareció de extrema trascendencia”), o aquel en que el hijo de siete años, Aníbal, le confesó a la abuela paterna que su madre y su otra abuela hablaban mal de ella (“¿Sabés que mamá cuando está con mi abuela Meme y habla de vos dice la vieja”?) rematado por los varenikes que en casa de la suegra se hacían mejor que en ningún lado. Más del legado inglés por vivir en Hurlingham: si bien en el colegio no tenían el mismo trato que los descendientes, el inolvidable chicken pie de los años primarios la llevaron a Pomar a probar distintas recetas hasta lograr uno parecido. Y de su amada Venezuela, la inolvidable Evarista, mujer salvadora cuando la autora contrajo dengue durante un embarazo y alimentó a sus otros dos hijos fascinándolos con la compra de una gallina que sirvió de entretenimiento y cura de males. Muchos años después, la familia la visitó en Carúpano y allí seguía la mujer hechicera, que gracias a su intervención nadie en la familia había logrado olvidar.

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